jueves, 29 de mayo de 2014

"GELEM GELEM", una canción triste para una historia triste

Gelem Gelem (en romaní ‘anduve, anduve’) es el nombre del Himno Internacional Gitano. Fue compuesto por el roma yugoslavo Jarko Jovanovic a partir de una canción popular gitana de la Europa del Este. Sus versos están inspirados en la persecución de los roma por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Existen varias versiones tanto de la letra como de la música. En ella se hace referencia a la condición itinerante del pueblo gitano. También se menciona a la Legión Negra (Kali Lègia), en alusión al color de los uniformes de las SS germanas que participaron en el genocidio del pueblo gitano durante la Segunda Guerra Mundial, y que puede ser entendido de manera simbólica como un recordatorio de la secular persecución del pueblo romaní.

Los roma (gitanos) estaban entre los grupos elegidos por razones raciales para ser perseguidos por el régimen nazi y la mayoría de sus aliados. Los nazis consideraban a los roma “inferiores racialmente” y el destino de los roma en algún sentido era paralelo al de los judíos. Los roma estaban sujetos a encarcelación , trabajos forzados, y masacre. También estaban sujetos a deportación a los campos de exterminio.


Prisioneros romani (gitanos) se ponen en fila para pasar lista en el campo de concentración de Dachau. Alemania, 20 junio de 1938.
Marzahn, el primer campo de internamiento para roma (gitanos) en el Tercer Reich. Alemania
Los roma de Alemania fueron deportados a Auschwitz, donde un campo especial fue establecido para ellos en Auschwitz-Birkenau, el “campo de las familias gitanas”. Familias enteras fueron encarceladas juntas.

Veintitrés mil romaníes (gitanos) alemanes y austríacos fueron prisioneros de Auschwitz, y cerca de 20.000 de ellos fueron asesinados allí. Los hombres, las mujeres y los niños romaníes (gitanos) fueron confinados juntos en un campo aparte. En la noche del 2 de agosto de 1944, una gran cantidad de romaníes fueron gaseados en la destrucción del "campo de las familias gitanas". Cerca de 3.000 romaníes fueron asesinados, incluyendo a la mayoría de las mujeres y los niños. Algunos de los hombres fueron enviados a campos de trabajos forzados en Alemania donde muchos murieron. 

En las áreas de Europa ocupadas por los alemanes, el destino de los roma variaba de país a país, dependiendo de las circunstancias locales. Los nazis en general encarcelaban a los roma y luego los transportaban a Alemania o Polonia para hacer trabajos forzados o para ser exterminados. Muchos roma de Polonia, Holanda, Hungría, Italia, Yugoslavia, y Albania fueron fusilados o deportados a los campos de exterminio y matados. En los estados bálticos y las áreas de la Unión Soviética ocupadas por los alemanes, los Einsatzgruppen (equipos móviles de matanza) mataban roma al mismo tiempo que mataban a los judíos y los lideres comunistas. Miles de hombres, mujeres, y niños romani murieron en estas acciones. Por ejemplo, muchos roma fueron fusilados junto con los judíos en Babi Yar, cerca de Kiev. 

Se estima que 220.000 romaníes de la Europa ocupada por Alemania fueron asesinados en campos y por equipos móviles de matanza.

Después de la guerra, la discriminación contra los roma continuó cuando la Republica Federal de Alemania decidió que todas las medidas tomadas contra los roma antes de 1943 eran políticas legitimas del estado y los roma no tenían derecho a restitución. La encarcelación, la esterilización, y hasta la deportación fueron consideradas como políticas legitimas. 
El canciller alemán Helmut Kohl reconoció el genocidio nazi contra los roma en 1982. Para ese momento, la mayoría de los roma que hubieran tenido derecho a la restitución bajo la ley alemana ya habían muerto. Pero ya fue tarde, muy, muy tarde...

Hoy, en esta Europa en crisis del Siglo XXI, ha aparecido una ultraderecha con un gran sentimiento euroescépticoantiglobalización, xenofoba y racista y que lucha contra la inmigración de una forma nacionalista y en ocasiones, violenta. 

Recordemos el pasado y ojalá que no lo tengamos que lamentar...

"GELEM GELEM"
Gelem, gelem lungone dromensar
maladilem baxtale Rromençar
A Rromalen kotar tumen aven
E chaxrençar bokhale chavençar


A Rromalen, A chavalen

Sàsa vi man bari familja
Mudardás la i Kali Lègia
Saren chindás vi Rromen vi Rromen
Maskar lenoe vi tikne chavorren


A Rromalen, A chavalen

Putar Dvla te kale udara
Te saj dikhav kaj si me manusa
Palem ka gav lungone dromençar
Ta ka phirav baxtale Rromençar


A Rromalen, A chavalen

Opre Rroma isi vaxt akana
Ajde mançar sa lumáqe Rroma
O kalo muj ta e kale jakha
Kamàva len sar e kale drakha


A Rromalen, A chavalen

Anduve, anduve por largos caminos
Encontré afortunados romà
Ay romà ¿de dónde venís
con las tiendas y los niños hambrientos?

¡Ay romà, ay muchachos!


También yo tenía una gran familia
fue asesinada por la Legión Negra
hombres y mujeres fueron descuartizados
entre ellos también niños pequeños


¡Ay romà, ay muchachos!

Abre, Dios, las negras puertas
que pueda ver dónde está mi gente.
Volveré a recorrer los caminios
y caminaré con afortunados calós


¡Ay romà, ay muchachos!

¡Arriba Gitanos! Ahora es el momento
Venid conmigo los romà del mundo
La cara morena y los ojos oscuros
me gustan tanto como las uvas negras

¡Ay romà, ay muchachos!


Fuente: http://www.ushmm.org/

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jueves, 22 de mayo de 2014

EL PRINCIPITO - Antoine de Saint-Exupéry

¡Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al cuarto día, cuando me dijiste:

-Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta de sol…

-Tendremos que esperar…

-¿Esperar qué?

-Que el sol se ponga.

Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:

-Siempre me creo que estoy en mi tierra.

En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas…

-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!

Y un poco más tarde añadiste:

-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.

-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?

Pero el principito no respondió...






\\\......................///


Era un vendedor de píldoras perfeccionadas que calman la sed. Se toma una por semana y no se siente más la necesidad de beber.

- ¿Por qué vendes eso? - dijo el principito.

- Es una gran economía de tiempo - dijo el vendedor. - Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.

...Yo - se dijo el principito - si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría lentamente hacia una fuente...




lunes, 19 de mayo de 2014

CARTA AL SOLDADITO GADITANO QUE SE FUE A CUBA – Historias de Carnaval

Los Claveles - 1896


Soldadito raso y gaditano: 

Ante todo, que Dios te tenga en su divina gloria. El motivo de esta sentida carta, que te escribe con un retraso de cien años y un día, un paisano anónimo de la ciudad que te vio nacer, es el ardor que pone el implacable almanaque en arrastrar poco a poco mis pensamientos hasta las orillas de tu memoria, reviviendo aquellas fechas, en las que tú eras un simple soldadito sin graduación en aquella España desheredada, y yo un proyecto sin concretar de corista graduado en bateas y en carruseles de la Plaza.

Han pasado cien años, pero mi memoria, expuesta siempre a los Ponientes de Cádiz, y por ella fresca como las madrugadas de primavera, nunca olvidará aquella fría mañana de Febrero de Carnaval en que te fuiste, dicen las malas lenguas que para no volver. Hoy, como eternamente, Cádiz sigue navegando en Carnaval, como entonces, pero en un Carnaval que se nos ha hecho cien años más viejo, que sigue luchando por tener historia profunda y firmes cimientos, y que al mirar atrás sabe que las raíces de los hermosos tangos que recibimos de ti, se clavan en aquellas sangrientas y sufridas flechas. Ha pasado mucho tiempo, pero, hoy más que nunca, sé que, aunque te fuiste más allá de la raya del horizonte que acordona a la Caleta, tú nunca te has marchado de esta tierra, porque sin ti, soldadito raso, nada de lo que ahora siento en mi interior tendría rumbo ni sentido.


Soldados desfilando por Paseo de Canalejas, rumbo a Cuba
Fuente: Diario de Cádiz
Corría frenéticamente el mes de Febrero de 1.896. Recordarás que el muelle era un hervidero de prisas, de rabia y dolor. Un reguero humano llegaba desde los aledaños de Santa María hasta aquellas piedras saturadas de mar, que en otra época remota habían visto arribar con orgullo al mismísimo Cristóbal Colón de sus mágicos viajes a América. Otros se acercaban al muelle jadeantes, pero entusiasmados, desde los barrios de la Catedral y desde el Pópulo. Gota a gota, y cuerpo a cuerpo, cincuenta mil hombres se fueron amontonando al pie de aquellos barcos tan legendarios como obsoletos. Desde los muros eternos que rodean los bordes de la Tacita, faldas donde tú y yo tantas veces nos hemos refugiado, fui viendo con tristeza cómo tantos hombres jóvenes os disponíais a zarpar rumbo a la ingrata Manigua, y cómo vuestras madres lloraban desconsoladas y se comían sus sentimientos, cuando de alguna garganta salía el grito de “¡Viva España!”, grito que hoy, cien años más tarde, suena más a amenaza que a sangre propia. 


Las noticias que llegaban a Cádiz desde Ultramar no podían ser peores. Raro era el día en que aquellos periódicos tardíos, pesimistas y cargados de tinta negra no daban una mala noticia relacionada con el derrumbe final del poderío español tanto tiempo mantenido más allá de nuestras fronteras desde la época de Felipe II. Los de siempre querían arrebatarnos por la fuerza nuestras últimas colonias, nada menos que la Perla de las Antillas, la hermosa Cuba. Con ella perdíamos lo único que nos quedaba de aquel Imperio donde nunca se ponía el sol. Y no eran solamente los propios españoles, que ahora preferían llamarse cubanos, los que herían nuestras carnes y nuestros sentimientos, sino sobre todo los del Norte, esos yanquis, que desde su nacimiento como nación, nunca pudieron resistir la tentación de crecer a costa de quien fuera, y hacerse poderosos e imperialistas, sembrando el mundo de bases y de armas. 

Estábais locos, soldado. Ibais al encuentro del desastre, al enfrentamiento con la nación que hoy es la más poderosa del mundo. Recuerdo que te abrazaste emocionado a tu madre al pie de aquel viejo barco llorando como un niño pequeño, al que la guerra le venía grande y lejana, pero cuajada de aventuras para tus pocos años. Hacía levante. El viento corría de una a otra parte del muelle, como intentando atizar los encendidos ánimos de la tropa. Ya algunos decían que aquello era una auténtica locura; que estábamos derrotados de antemano, que la distancia y el maldito orgullo de los españoles eran nuestros peores enemigos; que lo mejor era soltar lastre, renunciar de una vez a la dulce caña de azúcar y hacerse a la amarga idea de que Cuba había dejado de ser nuestra. Sin embargo una extraña sensación de fuerza y de vergüenza se había apoderado de la mayoría. Tan arraigada estaba la idea de la honra en los corazones de aquellos hombres, que para nada importaba la envergadura ni la potencia del enemigo. La honra,( ¡si yo te contara lo que es hoy la honra!), era esa mujer que ahora llamaba a la muerte segura más allá de donde el sol calienta las arenas doradas de nuestra playa. Había que ir hacia ella, porque seguía importando más honra sin barcos, que barcos sin honra. Con ese fervor ciego e inconsciente propio de la temeraria juventud los hombres fueron subiendo a aquellas naves de Caronte, y muy pronto quedó la flota en disposición de zarpar.

Mientras tú te ibas a hacer a la mar, aquí quedaban otros escribiendo sus pesares y la agonía irreversible de nuestra España. Se les llamó la Generación del 98, y siguen invadiendo desde entonces nuestros libros de texto con sus rítmicos versos y sus pésames proféticos. Ellos no fueron a Cuba como tú; tampoco tuvieron el honor de cantar el hermoso tango que el Tío de la Tiza metió en un manojo de claveles, para que te sirviera de despedida. Pero yo sé que en aquellas amargas horas, cuando tu barco daba la popa a la Bahía, y la Alameda alargaba su blanco pañuelo de flores hasta que tu estela llegó a encalar el horizonte, de tus labios salían unos versos llenos de sentimiento: “no lloréis por nosotros, madre del alma, que vamos a defender la preciosa honra de nuestra España”.




Hoy he decidido escribirte estas líneas, para que sepas que tanto sufrimiento no fue inútil; que no quedó tu vida atrapada en la metralla yanqui, ni tu barco hundido en aquellas costas cubanas. Quiero darte las gracias, soldadito gaditano, por haber sido humilde fuente de inspiración y por haber mecido en la cuna de tus labios aquellos hermosos tangos que hoy, cien años más tarde, han crecido para honrar tu memoria y para hacer que el Carnaval gaditano te bendiga por todos aquellos sueños de ternura que inspiraste en sus autores.

Tú, sencillo como todos los marineros del mundo, raso de títulos y de galones, sin graduación ni Generación de letras, instalado ya en el cielo sin ningún barco pero con honra, recibe el brazo emocionado y agradecido de un gaditano, que, cuando escucha la evocadora letra de “Los claveles”, se imagina lo que tuviste que sentir al abandonar Cádiz para siempre al compás de un tango como aquel...

Siempre tuyo.... 
(Anonimo - 1997)



Antonio Rodríguez Martínez "El Tío de la Tiza" - Coro "Los Claveles" (1896)


Al grito de Viva España,
desde los muros de esta ciudad,
a la ingrata Manigua
cincuenta mil hombres
se han visto marchar.
¿Cuántos volverán?
Sólo Dios lo sabe.
¿Cuántos morirán en aquella
tierra tan infame?
Con qué sentimiento
a sus madres dejan,
pero ellos en cambio
que entusiasmo llevan. 
No lloréis por nosotros, decían,
madres del alma,
que vamos a defender
la gloriosa honra
de nuestra España.
Y si los insurrectos nos matan,
podéis llorar.
¡Viva España con honra!, se oyó gritar
desde en el sordo rugido del ancho mar.
Viva nuestra España
grandiosa y valiente,
que ante que deshonra
prefiere la muerte.
Viva la nobleza
del pueblo español,
y los soldados heroicos
que allí pelean por nuestro honor,
sepan que por su victoria
latiendo está nuestro corazón.



miércoles, 14 de mayo de 2014

TUAREG - Alberto Vázquez-Figueroa

Ningún día, ni aun aquel en que agonizó su primogénito escupiendo sangre y lanzando a la arena pedazos de pulmón, devorado por la tuberculosis, le pareció tan largo.

Ni tan caliente.

Luego llegó la noche. La tierra comenzó a enfriarse muy despacio, el aire llegó más fácilmente a sus pulmones y pudo abrir los ojos sin experimentar la sensación de que le clavaban puñales en las retinas. 

El mehari salió también de su letargo y se agitó inquieto berreando sin fuerzas. Amaba aquella bestia y lamentaba su muerte inevitable. La había visto nacer y desde el primer momento supo que sería un animal brioso, resistente y noble. Lo cuidó con cariño y le enseñó a obedecer su voz y el contacto de su talón en el cuello; un lenguaje propio que únicamente ellos dos entendían. Jamás en todos aquellos años había tenido que pegarle. Y el animal no intentó morderle o atacarle, ni aun en los peores días de celo, en primavera, cuando otros machos se volvían histéricos e intratables rebelándose contra sus amos y lanzando una y otra vez al suelo su carga y sus jinetes. Era en verdad una bendición de Alá aquella hermosa bestia, pero había llegado su hora y lo sabía.

Aguardó a que la Luna hiciera su aparición sobre el horizonte y sus rayos, devueltos por la sal, convirtieran casi la noche en día, y a su luz, extrajo la afilada gumía y cercenó de un solo tajo, cruel, fuerte y profundo, el blanco cuello.

Rezó la oración ritual, y recogió la sangre que manaba a borbotones en una de las "gerbas". Cuando estuvo llena, la bebió despacio aún tibia y casi palpitante, con lo que pronto se sintió reconfortado. Esperó unos minutos, recuperó su ánimo y tanteó con cuidado el estómago del camello que atado como estaba, no se había movido con la llegada de la muerte, limitándose a humillar la cabeza. Cuando estuvo seguro del punto elegido, limpió la gumía en la raída manta de la montura, y la clavó con fuerza, profundamente, retorciéndola una y otra vez, buscando agrandar lo más posible la herida. Cuando retiró el arma, manó un poco de sangre, y después un chorro de agua verdosa y maloliente con la que llenó hasta rebosar la segunda gerba. Por último se tapó la nariz con una mano, cerró los ojos, y aplicó los labios a la herida, bebiendo directamente un líquido repugnante pero del que sabía, a ciencia cierta, que dependía su vida.

Consumió hasta la última gota pese a que su sed ya se había aplacado, y el estómago amenazaba con estallarle.

Contuvo luego las arcadas esforzándose por pensar en otra cosa y olvidar el olor y el sabor de un agua que llevaba más de cinco días en el vientre del camello, y necesitó toda su voluntad de targuí dispuesto a sobrevivir, para lograrlo.

Por último, se durmió.

viernes, 9 de mayo de 2014

LOS VIEJOS SONEROS NUNCA MUEREN...

“Si me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba” (Federico García Lorca)

“Me llamo, o me llaman, Máximo Francisco Repilado Muñoz, Compay Segundo y Pancho para algunos. Demasiados nombres para una sola persona ¿no es verdad?”

Compay Segundo nació el 18 de Noviembre de 1907 en Siboney, Oriente de Cuba, solo nueve años después de un conflicto que, cosas de la vida y de la historia, no consiguió separar a dos pueblos que compartían algo más que un mismo idioma.

Lejos de extinguirse, los rasgos de identidad hispanos en la cultura popular cubana se siguen manteniendo después del desastre de 1898. Muchos andaluces, gallegos y canarios siguieron emigrando a comienzos del siglo XX a la Perla de las Antillas… Y con ellos viaja la música, continuando un proceso de intercambio que ya se había iniciado mucho tiempo antes.

No es casualidad que Compay compusiera en La Habana, hace más de sesenta años un “Juliancito” tan flamenco y tan moderno, como no es casualidad que Pepe el de la Matrona, Pericón o Chano Lobato hagan en Cádiz cantes tan cubanos como este:

...voy a decir la verdad,
decirlo me hace feliz,
llevo en mi sangre de negro
y algo de España cañí...

... mi padre llamado Juan,
un andaluz figurín,
mi madre negra criolla,
y yo mulatito nací...


Compay Segundo, nieto de Ma Regina, esclava liberta que llegó a vivir 115 años, se instala en 1916 con su familia  en Santiago de Cuba. Muy pronto el hermano mayor lleva a casa un tres “… y todos los demás le caímos encima al tres”. Más tarde fue una guitarra “… y todos le caímos encima a la guitarra”. Es la época en que por esa casa solía parecer con frecuencia Sindo Garay, uno de los grandes maestros de la Trova antigua, por quien desde niño se sintió fascinado Compay.

Con el tiempo vinieron las clases de solfeo y su ingreso en la Banda Municipal de Santiago de Cuba como clarinete bajo la tutela del maestro Enrique Bueno. Allí coincide con Siro Rodríguez, Rafael Cueto y Miguel Matamoros, que después formarían el celebre Trío Matamoros. Ganan el concurso de bandas de La Habana fundiendo en una pieza clásica un son montuno, algo inédito hasta entonces. Son elegidos para un concierto histórico en el que, entre otras piezas, interpretan el himno nacional de Cuba en la inauguración del Capitolio en 1929.

Entre el tres y la guitarra, nunca supo de cual de los dos instrumentos desprenderse, y se inventa uno que es una mezcla de ambos, y al que llamó Armónico, elemento fundamental para interpretar su música y el sello singular e inconfundible del Compay. Tiene seis cuerdas, que son siete porque la tercera es doble para conseguir la sonoridad del tres. Su afinación es igual a la guitarra. Primera cuerda mi, segunda si, tercera sol (cuerda doble octavada) y re, la, mi, afinados una octava por encima de la afinación propia de la guitarra.

Todavía casi un adolescente, comienza a aparecer en emisoras de radio con el cuarteto Cubanacán. Posteriormente, junto a Ñico Saquito, compositor de “María Cristina” o “Cuidadito Compay Gallo”, se integra en el quinteto Cuban Stars y actúa en teatros y emisoras de diversas ciudades. Ya en La Habana, se incorpora al Cuarteto Hatuey con Evelio Machín (hermano de Antonio), con quien hace una gira de seis meses por México, donde participa en dos películas “Tierra brava” y “México lindo y querido”.

En 1942, con Lorenzo Hierrezuelo, que era también de Siboney, forma el dúo Los Compadres, momento cumbre en la carrera de ambos. En esa época son bautizados por un locutor de radio como Compay Primo (Hierrezuelo) por ser quien hacía la voz prima y Compay Segundo (Repilado), una de las segundas voces más importantes de la historia de la música cubana.
             
Es también en los años cuarenta, cuando lo reclama su compadre Miguel Matamoros para formar parte del conjunto de este como clarinete. En el permanece durante doce años y conoce a Benny Moré, con quien entabla una gran amistad.

En 1950, tras la separación de Los Compadres forma un nuevo “piquete”,  que bautiza como Compay Segundo y sus muchachos. En el se integran cantantes como Carlos Embale y Pío Leyva. Este graba su primer disco con Compay Segundo en 1957, con “La juma de ayer” y “La mujer del peso”. Cuentan que hubo que interrumpir aquella grabación porque en ese momento se estaba produciendo el ataque revolucionario al Palacio Presidencial y el tiroteo se podía escuchar desde el propio estudio de grabación.


“... y en eso llegó Fidel..." Con Fidel Castro en el poder y no obstante un manifiesto de apoyo a los músicos, la nueva realidad hizo que sus grabaciones se espaciaran, y Compay se fue quedando en el limbo de las viejas glorias. Si la situación lo requería, Compay soltaba de carretilla los argumentos revolucionarios pero realmente no le gustaba hablar de los sesenta y los setenta. Según parece, en Cuba sobraban músicos y urgían “productores”. Así que Repilado se integró en una expedición agrícola, enviada a una provincia remota de China para asimilar las técnicas del cultivo del arroz. No le divertía evocar aquella “misión”: aseguraba que saludó a Mao pero que los chinos le miraban con pasmo; incluso le frotaban los brazos, “...querían saber si manchaba o desteñía”. Lo peor, suspiraba, fue la prohibición tajante de relacionarse con la población femenina.

Después, sobrevino un injustificado olvido. Compay, que por su genial trabajo como compositor y por su singularidad como interprete se había convertido en una de las grandes referencias de la música cubana de todos los tiempos, desapareció del panorama musical.

Aunque nunca abandonó la música, Compay trabajó como barbero, hasta que se vio obligado a retomar su viejo oficio de tabaquero. Si alguien conocía los secretos de un buen puro era él, que se pasó media vida como torcedor de habanos, a razón de 150 diarios durante los 17 años que trabajó en H. Upmann “… y sin faltar un solo día”. No costaba animarle a desbaratar un habano. Iba separando las hojas en las diferentes capas (la tripa) y las montaba de nuevo con manos asombrosas con el fin de lograr que tirase correctamente. Una operación que practicaba con orgullo de artesano mientras repetía: "…ya no los hacen como antes".  
    
  
               
Sólo le fue posible volcarse otra vez enteramente en la música después de su jubilación, en 1970. Pero empezar de nuevo no le fue fácil. Durante casi veinte años actuó en círculos reducidos y con poca o ninguna trascendencia en los medios, e incluso llegó a tocar para los turistas en tabernas y hoteles de La Habana. En la Cuba del "Periodo Especial" no había mucho respeto por los sonidos añejos, pero logró hacerse un hueco y pudo resolver las cuestiones económicas más apremiantes, a la vez que despertaba el interés de oyentes curiosos. Allí lo vieron por primera vez algunos españoles, y de allí lo sacó el musicólogo cubano Danilo Orozco para participar en un encuentro de música tradicional en el Instituto Smithsonian de Washington, junto a Marcelino Guerra “Rapindey” y el Cuarteto Patria, donde actúa como invitado especial en el Festival de Culturas y Tradiciones Americanas.

Más tarde volvió a pensar en él con ocasión del primer Encuentro del Flamenco y el Son, que se organizó en Sevilla en 1994, actuación que repitió al año siguiente con un éxito clamoroso junto al cantaor gaditano Chano Lobato. Aprovechando su estancia en Sevilla, una calurosa mañana Compay se acercó hasta la tumba de su viejo amigo Antonio Machín en el cementerio de San Fernando y le cantó El camisón de Pepa”, uno de los primeros éxitos de Machín en Cuba.

A LA GLORIA POR UTRERA

¿Qué tienen que ver Gaspar de Utrera, Antonio Peña “El Cucaracha”, Ana Mancheño “La Turronera”, “La Polvorilla”, “José el de la Buena”,” Gaspar de Perrate”, “El niño de Juan Manuel” y “Adán de Perrate”; con Francisco Repilado?. 

La historia se remonta a 1994 y el vínculo se produjo en el pueblo sevillano de Utrera en julio de aquel año, al que llegó el cuarteto de Compay Segundo y sus Muchachos, procedente de  La Habana. Allí les esperaban, para actuar en un  mismo escenario, ese grupo de artistas flamencos. El impacto entre los músicos mismos y de ellos hacia el público, fue inenarrable. Compay Segundo no actuó por primera vez en Europa en famosos teatros de París, Bruselas, Alemania o Inglaterra. Su “Chan Chan” se escuchó por primera vez en el Viejo Mundo, arropado por una familia gitana de Utrera. Es imposible olvidar que cuando cerraron el espectáculo con ese son, se alzó la voz de la vieja “Ana La Turronera”, diciéndole, como para darle el primer empujoncito hacia la gloria: ¡Cojonudo,Compay!

Chan Chan” fue el tema que le brindó el éxito internacional cuando cumplía 90 años. Es una hermosa melodía de solo cuatro notas, sensibles y sentimentales, que en su texto narra con extraordinaria sencillez la historia de Juanica y Chan Chán, que cernían arena para construirse una casita junto al mar. Juanica parecía tan sensual sacudiendo el jibe (tamiz) que Chan Chan se sentía avergonzado de que los demás la vieran, y de allí nació esa hermosa canción. Compay le confesó a un periodista colombiano no haberlo escrito él: "…estaba dormido y lo soñé”. 

De Alto Cedro voy para Marcané
llego a Cueto, voy para Mayarí
El cariño que te tengo
no te lo puedo negar
se me sale la babita
yo no lo puedo evitar 

Cuando Juanica y Chan Chan
en el mar cernían arena
como sacudía el jibe
a Chan Chan le daba pena 
Limpia el camino de paja
que yo me quiero sentar
en aquél tronco que veo
y así no puedo llegar 
De Alto Cedro voy para Marcané
llegó a Cueto voy para Mayarí





El propio Danilo Orozco fue el encargado de presentarle, algún tiempo después, al inquieto músico español Santiago Auserón (el ex rockero Juan Perro, del grupo Radio Futura) en uno de sus viajes a Cuba en busca de otros «sones», y nunca mejor dicho, porque el encuentro fue todo un hallazgo. Auserón le grabó, durante diez días de 1995, una deslumbrante “Antología”, con 37 piezas. A los 88 años, el Compay Segundo finalmente tenía un retrato de cuerpo entero. Pablo Milanés también contribuyó a rescatarle del olvido. Compay había colaborado en Años”, la serie de discos en los que Milanés rendía homenaje a la Vieja Trova.
Pero su fama internacional le llegó en 1997Ry Cooder, el extraordinario guitarrista estadounidense que pusiera música a la película París, Texas (1984), de Wim Wenders, ideó y produjo el disco Buena Vista Social Club, que ganó un Grammy e inspiró a Wenders una película con ciertas concesiones a la comercialidad que no hacía demasiada justicia a esos músicos y sus raíces, pero que también se alzó con un premio, el del Cine Europeo. Si el disco supuso una resurrección de viejas celebridades  -Omara Portuondo, Rubén González, Ibrahim Ferrer, Pío Leyva, Barbarito Torres, Eliades Ochoa y el propio Compay Segundo- la película fue para ellos la llave del mundo.
El 15 de Noviembre de 1997, después de haber recibido la Orden Félix Varela, la más alta condecoración del mundo de las artes en Cuba, se le rindió un multitudinario homenaje en el Teatro Nacional de La Habana con motivo de su 90 cumpleaños.
“…las flores me llegaron tarde, pero me llegaron...” Era un hombre sorprendente, y el primer sorprendido por ese reconocimiento tardío que lo situó donde le correspondía. Tras la repercusión que alcanzó el disco que le dio fama, Compay entró por la puerta grande en la elite de los circuitos musicales internacionales, y se presentó en los más importantes escenarios del mundo, del Olympia de París al Carnegie Hall de Nueva York, e incluso en la Sala Nervi del Vaticano, donde actuó ante el papa Juan Pablo II. Con él cantaron artistas tan heterogéneos como Charles Aznavour, Raimundo Amador, Cesaria Evora, Martirio, Pablo Milanés, Khaled, Santiago Auserón y hasta Antonio Banderas.

Grabó nada menos que una decena de álbumes -entre otros, Yo vengo aquí (1996), Lo mejor de la vida (1998), Calle Salud (1999), Las flores de la vida (2000), Duets (2002) en tan sólo seis o siete años. Lo llamaban el patriarca del son, pero Compay no sólo era la figura cumbre de ese género y uno de los grandes músicos populares de todos los tiempos; era, sobre todo, un personaje fuera de serie, de un optimismo y unas ganas de vivir abiertamente ejemplares: «Espero llegar a los cien años y pedir prórroga, como hizo mi abuela. Yo voy sacando candela...»

A los 95 años, el Compay Segundo se nos marchó. Fué en La Habana el 14 de Julio de 2003.


Con Compay Segundo, en el Hotel Nacional, en La Habana
"La música hay que estudiarla además de sentirla, tiene secretos, es una conversación. Mira si es grande, que si la escribe un chino yo la entiendo".

“Tener cerca una guitarrita, un tabaco y un traguito de ron para disfrutar con los amigos. Lo mejor de la vida, caballero”.
"Yo no soy un clásico, pero sí me siento en el deber de ser un pensador, y cambié la palabra arma por alma. Vamos a cambiar las armas por las almas para ver si con la cultura podemos salvar la humanidad."

"Yo sé cuándo un barrendero está barriendo mal. ¿Tú sabes? Un barrendero debe barrer a favor del viento. La cosa más sencilla de la vida yo me la sé. He pasado por el mundo, he cumplido con mi deber, he atravesado pantanos y no he manchado mi plumaje."


"La muerte es una falacia. Nosotros no morimos, nos transformamos. De nuestro cuerpo salen gusanitos que después se convierten en mariposas y emprenden el vuelo. Por eso digo a los niños que no cacen ni maten a las mariposas, pudiera tratarse de un gran artista o un gran poeta".


Compay Segundo 

Fuentes:
Luis Lázaro (Lo mejor de la vida)
Diario "El Pais" 
Wiki
La Jiribilla

jueves, 8 de mayo de 2014

EL LECTOR DE JULIO VERNE - Almudena Grandes

La gente dice que en Andalucía siempre hace buen tiempo, pero en mi pueblo, en invierno, nos moríamos de frío.

Antes que la nieve, y a traición, llegaba el hielo. Cuando los días todavía eran largos, cuando el sol del mediodía aún calentaba y bajábamos al río a jugar por las tardes, el aire se afilaba de pronto y se volvía más limpio, y luego viento, un viento tan cruel y delicado como si estuviera hecho de cristal, un cristal aéreo y transparente que bajaba silbando de la sierra sin levantar el polvo de las calles. Entonces, en la frontera de cualquier noche de octubre, noviembre con suerte, el viento nos alcanzaba antes de volver a casa, y sabíamos que lo bueno se había acabado. Daba igual que en uno de esos viejos carteles de colores que a don Eusebio le gustaba colgar en las paredes de la escuela, pudiéramos leer cada mañana que el invierno empieza el 21 de diciembre. Eso sería en Madrid. 


En mi pueblo, el invierno empezaba cuando quería el viento, cuando al viento se le antojaba perseguirnos por las callejas y arañarnos la cara con sus uñas de cristal como si tuviera alguna vieja cuenta que ajustar con nosotros, una deuda que no se saldaba hasta la madrugada, porque seguía zumbando sin descanso al otro lado de las puertas, de las ventanas cerradas, para cesar de repente, como empachado de su propia furia, a esa hora en la que hasta los desvelados duermen ya. Y en esa calma artera y sigilosa, a despecho de los libros y de los calendarios, aunque no estuviera escrito en ningún cartel, la primera helada caía sobre nosotros. Después, todo era invierno.

El hielo cubría el patio con una gasa blancuzca y sucia, como una venda vieja sobre los raquíticos troncos de los árboles que flanqueaban el pozo, y a la luz aún imprecisa del amanecer, otorgaba una misteriosa relevancia a cada guijarro, perfiles nítidos que se destacaban del suelo encrespado, erizado de frío. También a mi nariz, que se despertaba en mi cara como un apéndice helado, casi ajeno, antes que yo mismo. Entonces sacaba una mano para tocarla, como si me extrañara encontrarla allí, entre mis ojos y mi boca, y el contraste de temperatura me dolía al mismo tiempo en la nariz y en la punta de los dedos. Para evitarlo, metía la cabeza entera bajo las sábanas calientes, ablandadas de calor, y me volvía a dormir, y ese sueño era mejor que el primero, pero, como casi todo lo que es mejor en esta vida, duraba poco. La puerta del cuarto que compartía con mis hermanas quedaba en su mitad, al otro lado de la cortina verde, pero la ventana me correspondía a mí, y por eso madre me despertaba siempre antes que a ellas. Al mismo tiempo que la luz, percibía su voz, vamos, Nino, arriba, que ya es hora, y un instante después, sobre la frente, el beso leve, apresurado, que inauguraba sin remedio la mañana.

Todos los días comenzaban igual, los mismos pasos, las mismas palabras, el pequeño ruido de sus dedos al abrir las contraventanas y aquel beso también pequeño, la piel de mi madre rozando mi piel apenas, una delicadeza que nacía de la prisa y no se parecía a la estruendosa, repetida presión de los labios que me daban las buenas noches como si quisieran quedarse impresos para siempre en mis mejillas. Todos los días comenzaban igual, pero la primera helada, sin cambiar nada, lo cambiaba todo...

miércoles, 7 de mayo de 2014

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS - John Boyne

¿Dura mucho la marcha? susurró, porque empezaba a tener hambre.

—Me parece que no —contestó Shmuel—. Nunca he vuelto a ver a nadie que haya ido a hacer una marcha. Pero supongo que no.

Bruno arrugó la frente. Miró el cielo y entonces oyó otro fragor, el ruido de un trueno, y  de  inmediato  el  cielo  pareció  oscurecerse  más,  hasta  volverse casi  negro,  y  empezó  a llover  a  cántaros,  aún  más  fuerte  que  por  la mañana.  Bruno  cerró  los  ojos  un  instante  y sintió mo lo mojaba la lluvia. 

Cuando volvió a abrirlos, ya no estaba desfilando, sino más bien siendo arrastrado por toda aquella gente. Lo único que notaba era el barro pegado por todo el cuerpo y el pijama adhiriéndose a su piel por efecto de la lluvia. Anheló estar en su casa, contemplando el espectáculo desde lejos, y no arrastrado por aquella multitud.

—Bueno, basta —le dijo a Shmuel—. Aquí me voy a resfriar. Tengo que irme a casa.

Pero apenas lo dijo, sus pies subieron unos escalones y, sin detenerse, comprobó que ya no se mojaba porque estaban todos amontonados en un recinto largo y sorprendentemente cálido. Debía de estar muy bien construido porque allí no entraba ni una sola gota de lluvia. De hecho, parecía completamente hermético.

—Bueno, menos mal —comentó, alegrándose de haberse librado de la tormenta aunque sólo fuera por unos minutos—. Supongo que esperaremos aquí hasta que amaine y que luego podré marcharme a casa. Shmuel se pegó cuanto pudo a Bruno y lo miró con cara de miedo.

—Lamento que no hayamos encontrado a tu padre —dijo Bruno.

—No pasa nada.

—Y lamento que no hayamos podido jugar, pero lo haremos cuando vayas a visitarme. En Berlín te presentaré a... ¿mo se llamaban? —se preguntó, y sintió frustración porque se suponía que eran sus tres mejores amigos para toda la vida, pero ya se habían borrado de su  memoria.  No  recordaba  ni  sus nombres  ni  sus  caras.  En  realidad  —dijo  mirando  a Shmuel—, no importa que me acuerde o no. Ellos ya no son mis mejores amigos.

Miró hacia abajo e hizo algo poco propio de él: le tomó una diminuta mano y se la apretó con fuerza. 


—Tú eres mi mejor amigo —dijo—. Mi mejor amigo para toda la vida.

Es posible que Shmuel abriera la boca para contestar, pero Bruno nunca escuchó lo que dijo  porque  en aquel  momento  se  oyó  una  fuerte exclamación  de  asombro  de  todas  las personas del pijama de rayas que habían entrado allí, y al mismo tiempo la puerta se cerró con un resonante sonido metálico.

Bruno  arqueó  una  ceja;  no  entendía  qué  pasaba,  pero  dedujo  que  tenía que ver con protegerlos de la lluvia para que la gente no se resfriara. Y entonces la larga habitación quedó a oscuras. Pese al caos que se produjo, de algún modo Bruno logró seguir sujetando la mano de Shmuel; no la habría soltado por nada del mundo.


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Después de aquello, nada volvió a saberse de Bruno.

Varios días más tarde, después dque los soldados hubieran registrado exhaustivamente los alrededores y recorrido los pueblos cercanos con fotografías del niño, uno  de  ellos  encontró  el  montón  de  ropa  y  las  botas que  Bruno  había  dejado  junto  a  la alambrada. No tocó nada y corrió en busca del comandante. Este examinó el lugar y mi a derecha  e  izquierda, tal  como  había hecho  Bruno,  pero  no  logró  explicarse  qué  le  había pasado a su hijo. Era como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra dejando sólo su ropa.

Madre  no  regresó  a  Berlín  tan  deprisa  como  había  pensado.  Se  quedó en Auchviz varios meses, esperando noticias de Bruno, hasta que un día, de repente, pensó que quizá su hijo había vuelto a casa solo. Entonces regresó inmediatamente a su antiguo hogar, con la vaga esperanza de encontrarlo sentado en el escalón de la puerta, esperándola.

No estaba allí, por supuesto.

Gretel también regresó a Berlín, y pasaba mucho rato a solas en su habitación, llorando, pero no porque había tirado todas sus muñecas y dejado todos sus mapas en Auchviz, sino porque echaba mucho de menos a Bruno.

Padre  se  quedó  en  Auchviz  un  año  más  y  acabó  ganándose la antipatía de  los  otros soldados, a quienes trataba sin piedad. Todas las noches se acostaba pensando en Bruno y todas las mañanas se despertaba pensando en Bruno. Un día elaboró una teoría acerca de lo que había podido ocurrir y volvió al tramo de alambrada donde un año atrás habían encontrado la ropa de su hijo.

Aquel lugar no tenía nada especial ni diferente, pero Padre exploró un poco y descubrió que la base de la alambrada no estaba bien sujeta al suelo, como en los otros sitios, y que al levantarla dejaba un hueco lo bastante grande para que una persona muy pequeña, quizá un niño, se colara por debajo.

Entonces mi a lo lejos y poco a poco fue atando cabos, y notó que  las piernas  empezaban  a  fallarle,  como si  ya  no  pudieran  sostener  su  cuerpo. Acabó sentándose en el suelo y adoptando casi la misma postura que Bruno había adoptado todas las tardes durante un año, aunque sin cruzar las piernas debajo del cuerpo.

Unos meses más tarde, llegaron otros soldados a Auchviz y ordenaron a Padre que los acompañara, y él fue sin protestar y se alegró de hacerlo porque ya no le importaba lo que le hicieran.