miércoles, 30 de abril de 2014

EL ARBOL DE LA CIENCIA - Pío Baroja

En la mañana del tercer día, Lulú murió. Andrés salió de la alcoba extenuado. Estaban en la casa doña Leonarda y Niní con su marido. Ella parecía ya una jamona; él un chulo viejo lleno de alhajas. Andrés entró en el cuartucho donde dormía, se puso una inyección de morfina, y quedó sumido en un sueño profundo.

Se despertó a media noche y saltó de la cama. Se acercó al cadáver de Lulú, estuvo contemplando a la muerta largo rato y la besó en la frente varias veces.

Había quedado blanca, como si fuera de mármol, con un aspecto de serenidad y de indiferencia, que a Andrés le sorprendió.

Estaba absorto en su contemplación cuando oyó que en el gabinete hablaban. Reconoció la voz de Iturrioz, y la del médico; había otra voz, pero para él era desconocida.

Hablaban los tres confidencialmente.

—Para mí —decía la voz desconocida— esos reconocimientos continuos que se hacen en los partos, son perjudiciales. Yo no conozco este caso, pero, ¿quién sabe? quizá esta mujer, en el campo, sin asistencia ninguna, se hubiera salvado. La naturaleza tiene recursos que nosotros no conocemos.

—Yo no digo que no —contestó el médico que había asistido a Lulú—; es muy posible.

—¡Es lástima! —exclamó Iturrioz—. ¡Este muchacho ahora, marchaba tan bien!

Andrés, al oír lo que decían, sintió que se le traspasaba el alma. Rápidamente, volvió a su cuarto y se encerró en él.

Por la mañana, a la hora del entierro, los que estaban en la casa, comenzaron a preguntarse qué hacía Andrés.

—No me choca nada que no se levante —dijo el médico— porque toma morfina.

—¿De veras? —preguntó Iturrioz.

—Sí.

—Vamos a despertarle entonces —dijo Iturrioz.

Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.

—¡Está muerto! —exclamó Iturrioz.

Sobre la mesilla de noche se veía una copa y un frasco de aconitina cristalizada de Duquesnel. Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez de la intoxicación no le produjo convulsiones ni vómitos. La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata del corazón.

—Ha muerto sin dolor —murmuró Iturrioz—. Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo creía.

—Pero había en él algo de precursor —murmuró el otro médico.

sábado, 26 de abril de 2014

EL VIEJO Y EL MAR - Ernest Hemingway

–Galanos –dijo en voz alta.

Había visto ahora la segunda aleta que venía detrás de la primera y los había identificado como los tiburones de hocico en forma de pala por la parda aleta triangular y los amplios movimientos de cola. Habían captado el rastro y estaban excitados y en la estupidez de su voracidad estaban perdiendo y recobrando el aroma. Pero se acercaban sin cesar.

El viejo amarró la escota y trancó la caña. Luego cogió el remo al que había ligado el cuchillo. Lo levantó lo más suavemente posible porque sus manos se rebelaron contra el dolor. Luego las abrió y cerró suavemente para despegarlas del remo. Las cerró con firmeza para que ahora aguantaran el dolor y no cedieran y clavó la vista en los tiburones que se acercaban. Podía ver sus anchas y aplastadas cabezas de punta de pala y sus anchas aletas pectorales de blanca punta. Eran unos tiburones odiosos, malolientes, comedores de carroñas, así como asesinos, y cuando tenían hambre eran capaces de morder un remo o un timón de barco. Eran esos tiburones los que cercenaban las patas de las tortugas cuando éstas nadaban dormidas en la superficie, y atacaban a un hombre en el agua si tenían hambre aun cuando el hombre no llevara encima sangre ni mucosidad de pez.

–¡Ay! –dijo el viejo–. Galanos. ¡Vengan, galanos!

jueves, 24 de abril de 2014

LOS CUASIMODOS - Historias de Carnaval

Mi amigo Luis Galán, autor de carnaval y mejor persona, hizo años atrás un trabajo sobre la mitica agrupación portuense "Los Cuasimodos". Es algo extenso pero muy interesante.... 


LEYENDA Y VERDAD DE “LOS CUASIMODOS”

 Aquella tarde, la siesta había sido inquieta, sin dejarse mecer en el descanso de las ideas. Una y otra vez, entre sueños, aparecía en el escenario onírico la silueta de un hombre extraño, desgarbado... cargando una joroba en su espalda repleta de pensamientos, vivencias, desprecios y desamores. Era la silueta de un cuasimodo agitando un farol, que se había salido del libro que el joven panadero leía en sus ratos libres. Notre Dame de París, novela escrita por Víctor Hugo, había calado en las inquietudes de Manuel, y quiso hacerla suya, y que mejor manera para conseguirlo que representar la obra del francés sobre el escenario del Teatro Falla. “Si Paco Alba, pensó Manuel, se ha inspirado en Juan Ramón Jiménez para realizar “Los Pajeros” el año anterior, ¿Porqué no puedo yo escribir “Los Cuasimodos”?

Con esta pregunta afirmativa despertó de la siesta de aquella tarde de otoño. Anduvo por las calles absorto en su obra, caminando pero olvidando los pies, era el pensamiento quien le conducía hasta el bar “El Único” como peregrino vestido de pierrot que busca su catedral de coplas.

Al llegar a la barra, estaban sus amigos inmersos en una reunión informal y distendida. Manuel se dirigió a todos y expuso su idea de escribir “Los Cuasimodos” y sintiendo cada palabra que pronunciaba en lo más profundo de su alma, explicó con énfasis el “campo de escritura” que tenía ese tema y ese tipo. Reunía tantas cualidades que nunca antes vio tan claro un tipo, siendo en este caso tan complejo. Manuel Camacho “El Chusco”, no escribió una comparsa. Escribió sus propios sentimientos trasladados a un personaje que había hecho suyo. Y eso... se nota siempre.

Ante esta propuesta, uno de los componentes, concretamente “El Torreguera”, subrayó la problemática a la hora de conseguir plasmar el tipo en escena, contestando “El Chusco” que ya encontrarían la forma, pero que no estaba dispuesto a dejar escapar este tema tan profundo y lleno de matices. Con un boceto a lápiz extraído de un libro, presenta el tipo a los componentes y coinciden que lo más difícil de conseguir sería la caracterización del rostro, que presentaba un ojo caído y desfigurado.

Comienzan los ensayos en la casa de “el Pote”, y atreviéndose con la música, “El Chusco” muestra el pasodoble completo de letra y música al grupo. El vello se eriza y la piel de gallina se apodera de los componentes. Manuel había sacado del sueño de aquella siesta de otoño al personaje, y escrito en primera persona, deja impresionados a los presentes con esta letra:

“Cuando nace una criatura
entre sabanitas blancas
lo reciben con dulzura
...entre mimos y alabanzas.

En cambio mi nacimiento
fue lo más horrible
que hubo en esos tiempos.

La que a este mundo me trajo
se horrorizó de mi cuerpo.

Al nacer
como me iba a figurar
que en este mundo cruel
así me iban a tratar
... con que maldad.

Comprendí
mi gran inferioridad
cuando me quise reunir
con los niños de mi edad
... que crueldad

en mis negras letanías
lloraba gotas de sangre
pensando en la mare mía

de noche en mis oraciones
de rodillas a Dios decía
con un pesar muy profundo:
si luego me abandonó
¿porqué me trajo a este mundo?”

Cuando Manuel acabó de cantar este pasodoble, entendieron la importancia de la obra que estaban comenzando. Aparte de la letra conmovedora, la música estaba compuesta con una rotundidad excelente, haciendo gala del estilo más puro de El Puerto. Tal era la preocupación por convencer al grupo en la posibilidad de representar aquel tipo, que desde los comienzos comenzó a estudiar la forma de conseguir la joroba y el efectismo del rostro desfigurado. Con bolas de paja, simularon la joroba sujetando la bolsa de tela rellena de paja con dos cuerdas de distintas medidas. De esta forma, quedaba inclinada hacia un lado y el resultado podía ser mas positivo. Para la cara, se trasladaron algunos componentes a Jerez de la Frontera, donde existía una tienda de disfraces. En este comercio, hicieron las gestiones para traer desde Madrid una cera especial para configurar las prótesis . Era el año 1.962, no lo olvidemos. Si en la actualidad es fácil conseguir todo tipo de materiales, en aquellos tiempos todo era difícil, muy difícil.

Los tres años que llevaba Manuel dedicándose en cuerpo y alma a las coplas, le habían aportado la experiencia necesaria y el conocimiento total de cómo había que realizar una obra carnavalesca. Nunca soñó con escribir una comparsa, su ilusión y su objetivo iban en otra dirección: su deseo era representar una obra personal artística, valiéndose del Carnaval como instrumento. Obsérvese el sentimiento de soledad que derrocha en el siguiente fragmento del popurrí, propio de una narración poética:

FRAGMENTO DEL POPURRÍ DE “LOS CUASIMODOS”

Debajo de mis campanas
Tengo un nido de palomas
a las que le echo migajas de pan,
para que ellas coman.

De noche al acostarme
les doy un beso en el pico
y me dicen cucurreando:
buenas noches, buen amigo.

No sería justo dejar de poner un par de cuplés buenísimos teniendo en cuenta siempre la época que estamos tocando. Sobran las comparaciones con cuplés actuales donde todo vale.

El carbón en las casas se sustituía por la cocina de gas y aunque nadie se deshacía de los enormes lebrillos de barro cromados, las lavadoras comenzaban a quebrar el silencio de los patios. La venta a plazos se imponía y las necesidades creadas del consumismo comenzaba a dominar la sociedad española. Sirva de ejemplo periodístico cantado, este cuplé:

CUPLÉ DE “LOS CUASIMODOS”

Hemos visto en este siglo
lo a gusto que vive el hombre
es raro el que no tiene
moto o bicicleta, abrigo y relojes.

Dicen que todo lo pagan
con muchas facilidades
y algunos tienen más letras
que siete universidades.

Le compran a sus mujeres
muchas cocinas modernas
no tienen que preocuparse
de carbones ni de leñas
y con el gas butano
que hoy se emplea en las casas
vemos a los carboneros
con telarañas en la garganta.

Aunque en diversas partes de su repertorio, las letras muestran el ferviente deseo de ser considerado gaditano por encima de todo, no dejan excluido a El Puerto y reflejan acontecimientos locales. Este es el caso del depósito que había en la Plaza de Las Galeras, que una vez que fue derribado, motivó este cuplé en el que hace referencia a su arquitectura en forma de copa o trofeo.

CUPLÉ DE “LOS CUASIMODOS”

Catorce taladradoras
y setecientas espiochas
gastaron los albañiles
para tirar del parque
la famosa copa.

Debían de haberla dejado
en honor a su memoria
o jugarla en un partido
entre el Racing y el Vitoria.

Lo que más gracia me hizo
eran dos que habían al lado
que con lágrimas en los ojos
decían desconsolados:
¡Ay mi copa del Parque
porque te habrán tirado
cuando todos los veranos
le dabas sombra a los parados.

Magistralmente supo incluir un tema local con el equipo de fútbol y acabar con una ironía digna de un gran autor burlesco.Tras esta exposición sobre el repertorio de “Los Cuasimodos”, retomaremos la historia donde la dejamos: el tipo pendiente de lograr. En el local de ensayo, realizaron una prueba de lo que sería el atuendo definitivo. Aquello funcionaba. La joroba era creíble y la cera se adaptaba a la cara formando arrugas y deformaciones.

Convencidos de que la parte supuestamente mas difícil de conseguir estaba resuelta, se concentraron en los ensayos. La rivalidad entre ambos grupos era muy fuerte. Mientras que “Los Cuasimodos” tenían como cuartel general el bar “El Único”, “Los Burros Inteligentes” se reunían lejos de la calle Luna, concretamente en la calle Ganado, en el estanco Eloy, que más tarde se transformaría en el bar San Eloy hasta derivar en la sede de “Los Majaras”. La tensión era latente entre los componentes, pero de una forma sana, aguardando con impaciencia la fecha de la presentación en el Teatro Falla. “Los Burros...” conocían la calidad de “El Chusco” y “Los Cuasimodos” sabían perfectamente de años atrás la capacidad de “El Cote“ y su padre para escribir coplas mientras que en la faceta musical, “El Chusco” experimentaba por primera vez. Tal vez el ansia de demostrar que tenía cualidades musicales, innovó de una forma espectacular al incorporar en las voces un nuevo tono. Hasta ahora, siempre se había cantado en tres cuerdas: la de tenor, la de segunda y la de octavilla o alta. “El Chusco”, con su menuda voz pero melodiosa, subió un tono completo por encima del octavilla, instaurando así lo que hoy se denomina contralto. El Puerto llevaba con este invento una aportación significativa por primera vez, que a través de los años, convertirían esta voz en una de las más solicitadas. Apuntar para los aficionados mas jóvenes, que la guitarra todavía no se había incorporado a las agrupaciones de carnaval.

El 13 de enero de 1.961, se efectúa el sorteo del orden de actuación de agrupaciones, siendo la fase clasificatoria el día 31 de enero y 1 de febrero y la final el día 2 del mismo mes. La suerte está a favor de “Los Cuasimodos”, ya que su turno sería en la función de noche del martes 31, mientras que a “Los Burros...” le toca cantar el mismo día pero en función de tarde, con la consiguiente frialdad que suponía un espectáculo que daba comienzo a las 18`30. En estos días previos al Concurso de Agrupaciones, se afina a conciencia y el día antes del comienzo, sancionan a la chirigota de Paco Alba “Pancho Albachi y sus Mamarrachis” por actuar en un establecimiento, no ajustándose a las normas impuestas que dictaban la prohibición de actuaciones en público antes del Concurso. Queda patente con esta actitud hostil la suerte que correría la agrupación de “El Brujo” en el Concurso de este año.

“Los Burros...” gustan al público y salen contentos con su actuación. Por la noche, llegado el turno de “Los Cuasimodos”, los nervios se apoderan de la agrupación que tiene que soportar la magnifica actuación de “Los Taxistas”, chirigota gaditana buenísima que deleita al público con cuplés pegadizos y graciosos repitiendo una y otra vez haciendo interminable la espera de los portuenses para iniciar su actuación. Con un farol de complemento en la mano, los componentes pasean por detrás del escenario aguardando su momento y... se abren las cortinas para dar paso a un momento histórico para las coplas de El Puerto. Se apagan las luces y un cañón disparando una luz roja sobre la torre del campanario del decorado, contrasta con las pequeñas luces de las velas que portaban en sus farolillos movidos oscilatoriamente. 

 El público, aprovechando el anonimato que la oscuridad de la sala proporciona abuchea a la agrupación de forma aislada desde el gallinero. “El Chusco”, en pleno escenario, ordena a los componentes que se queden quietos y que no comiencen a cantar hasta que el silencio no se adueñe del teatro. De rodillas en el  escenario, y con un silencio relativo, comenzaron la presentación. Al llegar la estrofa de “Campanas, suenan mis campanas...” y retumbaron en el Falla las cuatro voces que habían ensayado, el público guardó silencio total y comenzó el gran pelotazo que todavía se recuerda entre los círculos de aficionados ancianos. Las repeticiones a petición del respetable se sucedían y la cera que llevaban sobre el rostro para simular los desperfectos, comenzó a derretirse con el sudor, pero ya no importaba nada. La catarsis estaba presente y era imparable. 

Agotaron el repertorio compuesto por seis pasodobles y seis cuplés más el popurrí, por lo que ante la insistencia del público no tuvieron más remedio que interpretar “Los Duros Antiguos” para completar su actuación. Ya en los camerinos, y en plena celebración del éxito, “El Chusco” recibió la visita de Paco Alba, y según testigos, sus palabras textuales fueron: “Enhorabuena, ¿cómo se me ha podido escapar a mí este tipo?”.

A los dos días, en plena final, la suerte jugó un papel decisivo para aumentar la fama de esta comparsa. Cuando acabaron uno de sus pasodobles, las luces del Teatro Falla se encendieron por completo, y ante el asombro de la agrupación, observaron que en ese instante entraba la Reina de las Fiestas Típicas, señorita Casilda Varela, y en honor a su llegada, “Los Cuasimodos” ejecutaron una reverencia que le reportó un aplauso exagerado por parte del público con el consiguiente “calentón” en beneficio del repertorio pendiente de interpretar. Con las mil pesetas que suponía el primer premio, regresaron a El Puerto de Santa María habiendo escrito un capítulo importante para la historia de las coplas. Aquella siesta inquieta de Manuel en esa tarde de otoño, acabó siendo un sueño placentero viendo su obra realizada y refrendada por el público más sabio: el público gaditano.
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Muchisimas Gracias, Luis.



VIDA DE PI - Yann Martel

Richard Parker adquirió su nombre debido a un error administrativo. Había una pantera que tenía  atemorizada a toda la región de Khulna, en Bangladesh, en las afueras del bosque del Sundarbans. Hacía poco, se había llevado a una niña. Los únicos restos que hallaron de ella fue su mano minúscula, con un tatuaje de henna en la palma, y unas pulseras de plástico. Era la séptima víctima que había muerto en las garras del maleante en dos meses. Y se estaba volviendo más atrevido. La víctima anterior había sido un hombre que fue atacado en su propio campo a plena luz del día. La bestia lo arrastró hasta un bosque donde comió gran parte de su cabeza, la carne de su pierna derecha y las tripas. Encontraron el cadáver del hombre colgando en la horqueta de un árbol. Los aldeanos hicieron guardia esa noche para ver si sorprendían a la pantera y la mataban de una vez por todas, pero no apareció. 

El Departamento Forestal contrató un cazador profesional. Montó una plataforma oculta en un árbol cerca de un río donde habían tenido lugar los dos ataques anteriores. Ató una cabra a una estaca a la orilla del río. El cazador tuvo que esperar varias noches. Se imaginó que la pantera sería un macho viejo, gastado, con los dientes desafilados, incapaz de atrapar nada que corriera más que un ser humano. Pero lo que apareció una noche fue un tigre. Una hembra con un solo cachorro. La cabra baló. Curiosamente, el cachorro, que debía de tener unos tres meses, apenas hizo caso a la cabra. Se fue corriendo a la orilla del agua y empezó a beber con avidez. Su madre siguió su ejemplo. Entre el hambre y la sed, la sed siempre urge más. Hasta que no hubo saciado la sed, la tigresa no se volvió hacia la cabra para satisfacer su apetito. El cazador llevaba dos rifles: uno cargado con balas de verdad y el otro con dardos inmovilizantes. El animal no era el devorador de hombres que buscaba, pero estaba tan cerca de la civilización humana que podría representar una amenaza para los aldeanos, sobre todo porque tenía un cachorro. Cogió el rifle de los dardos. Disparó justo cuando iba a atacar a la cabra. La tigresa se encabritó, gruñó y salió corriendo. Sin embargo, los dardos inmovilizantes no provocan un sueño paulatino, como una buena taza de té, sino que tumban como una botella de whisky bebida de un trago. Un arranque de actividad por parte del animal acelera el efecto. El cazador llamó a sus ayudantes por el transmisor. 

Encontraron a la tigresa a unos doscientos metros del río. Todavía estaba consciente. Las patas traseras le habían fallado y las delanteras estaban a punto de ceder bajo su peso. Cuando los hombres se acercaron, la tigresa intentó huir pero no pudo. Se volvió hacia ellos, levantando una pata con intención de matarlos, pero perdió el equilibrio. Se desplomó y el zoológico de Pondicherry se hizo con dos tigres nuevos. El cachorro se había escondido en un arbusto cercano y estaba maullando de miedo. El cazador, que se llamaba Richard Parker, lo cogió con las manos y, recordando la prisa que tenía por beber agua del río, lo bautizó con el nombre de Sediento. Pero el encargado de transportes de la estación de trenes de Howrah era un hombre claramente aturdido, pero aplicado. Todos los papeles que nos llegaron junto al cachorro estipulaban claramente que se llamaba Richard Parker, y que el cazador se llamaba Sediento de nombre, y No Especificado de apellido. Mi padre se rió de lo lindo del malentendido y el tigre se quedó con el nombre de Richard Parker.

Ignoro si Sediento No Especificado llegó a cazar la pantera que devoraba hombres...

LA MULA - Juan Eslava Galán

Juan Castro Pérez, cabo acemilero de la Tercera Bandera de la Falange de Canarias, tercera compañía, busca espárragos por el monte. Hace rato que la mañana prueba a clarear, pero lo impide una niebla espesa y húmeda que se enreda en las copas de los chaparros y los alcornoques. Los goteros desprendidos de las ramas labran diminutos embudos en el suelo arenoso o redoblan sobre el gorro cuartelero del soldado. Castro remonta una loma pedregosa salpicada de encinas y monte bajo. A media falda emergen unos peñascos de granito. Se encamina hacia ellos cuando, de pronto, se detiene y se agacha rodilla en tierra, la respiración contenida, el corazón acelerado. Algo se ha movido en la niebla, una sombra gris detrás de la maraña de un zarzal. A través de la bolsa de costado, Castro palpa la empuñadura de la pistola que el sargento Otero le presta cuando sale de espárragos. «Lo único que me faltaba es que me cojan los rojos», piensa. Hace un año que Castro se pasó al bando contrario. A los tránsfugas que caen prisioneros, ni Dios los libra del pelotón de fusilamiento. Deserción y traición. En un abrir y cerrar de ojos, consejo de guerra, sentencia de muerte, diez tiros y al hoyo.

Castro afina la vista y respira hondo. Las agujitas de agua helada se le clavan en los pulmones. Durante unos minutos interminables aguarda a que se mueva el enemigo. «¿Quién me mandaría a mí salir de espárragos con lo bien que se está en el chabolo jugando a las cartas?»

La niebla levanta un poco. Las formas y los colores se empiezan a definir en la espesura. Castro distingue entonces la familiar silueta de una mula. ¿Sola o acompañada? Observa con cuidado los alrededores. Afina el oído: sólo los minuciosos rumores de la mañana en el campo. Nada más. Monta la pistola y parece que el clac, clic de sus piezas bien engrasadas le infunde valor. Se incorpora y se acerca a la espesura mientras vigila los flancos, medio agachado, al acecho. Bordea los peñascos por la parte más despejada y ve la mula, que, al sentir la presencia del hombre, se queda quieta, a la expectativa. Castro explora el terreno: las ruinas de una choza con el emparrado por los suelos, el porche empedrado, la espesura de sus higueras abandonadas, el almiar, con restos de paja podrida. Nadie. Quizá la mula se haya perdido en medio del monte. No está trabada ni tiene jáquima. 

Se aproxima al animal. La mula empina las orejas, nerviosa, se sobresalta, con los ojos espantados, levanta el hocico y enseña los dientes grandes y amarillos.

Castro entiende de bestias. Es jefe del tren de acémilas del regimiento. Le habla quedo a la mula. El animal no sabe de palabras, pero entiende el tono amistoso de la voz.

—¡Ea, ea! ¡Rrrrt! ¡Ea, bonita! ¿Qué haces tú aquí? ¿Dónde tienes al amo? ¡Ea, ea!

La mula está algo remisa, pero cuando el cabo le acaricia el pescuezo, adelanta el hocico negro para olerlo.

—Bueno, bueno, ¿qué haces tú aquí, eh? ¡Ea, ea! No te asustes, bonita. —Castro se arrima para que le huela el cuerpo, le acerca las manos abiertas al hocico para que las ventee, el vaho cálido de la respiración del animal le calienta las palmas—. ¿Qué haces tú aquí, cantimplora? —le susurra—. ¿Te has perdido? ¿No tienes amo? —La mula mueve las orejas, se deja palmear, siente las manos amistosas del
hombre por su pecho poderoso, por su lomo, en el que se señalan un poco las costillas—. Bien comida no estás, ¿eh? —le dice la voz tranquila.

Los dedos del cabo llegan, con suavidad, a los corvejones. La bestia no se inquieta. Está bien domada.

—Una mula mansa y buena, ¿eh? —le susurra, aprobador.

Castro examina su hallazgo con mirada perita. Una mula fina de remos, de vientre recogido, de rodillas sólidas, de lomo recto y algo arqueado, una buena mula de las que su padre solía comprar en la feria de Andújar, sólo que a él le gustan tostadas, y ésta tira a blanca ceniza. Una mula excelente. Vuelve la cabeza al animal y se asoma a los ojos vivos y redondos, duros y brillantes.

—¿Dónde está tu amo, cantimplora? —le susurra—. ¿Eres del ejército? ¿De los fascistas o de los rojos? ¿Andas perdida?

Se agacha y le repasa los tobillos delanteros, por si tiene señales de rozaduras, algún indicio de que la mula haya roto la traba para huir. No hay rastro. Castro observa con satisfacción el casco pequeño, comprueba que lleva herraduras nuevas. Los clavos remachados asoman por el centro de la uña, a dos centímetros del suelo, un buen trabajo. Una mula calzada como un marqués o como una marquesa.

—¿Qué me dices, cantimplora? ¿Te has pasado tú también a los nacionales? ¿De qué quinta eres?

La mula se deja acariciar las potentes mandíbulas, el rostro duro y huesudo, el morro blando, oscuro, de terciopelo, con algún lunar cerdoso, pero no responde a la pregunta.

Castro imagina su regreso a la compañía y su encuentro con el capitán Montero: «A sus órdenes, mi capitán. He encontrado esta mula delante de las trincheras.»

Una acémila más que sumará a los veinticuatro mulos que tiene a su cargo, el tren de acémilas de la Tercera Bandera de la Falange de Canarias.

Castro desmonta la bandolera de su bolsa de costado e improvisa una jáquima con un par de nudos. La correa que le ciñe los pantalones le sirve de ronzal.

—¡Ea! —le dice a la mula—. Para un apaño no está mal. Se acabaron por hoy los espárragos. Vamos palante.

De regreso a las líneas nacionales, medita: «Con lo bien que nos vendría esta mula en casa cuando termine la guerra.» La mira y piensa: «No sabemos cómo te llamas, ¿eh?»

Camina unos pasos más. Se detiene. La mula lo imita. Está bien domada.

—No me dices cómo te llamas, ¿eh? Pues te vas a llamar Valentina por lo valiente que has sido, que te has metido entre los rojos y los fascistas, en medio de los tiros. Así: Valentina.

La mula aguza las orejas.

—Valentina. Te gusta, ¿eh?

Le palmea el pescuezo.

—¡Ea, pues Valentina!.

Castro, con la mula de reata, da un rodeo para llegar, por la parte de atrás, al cortijillo abandonado donde el tren regimental tiene sus cuadras. Le sale al encuentro un soldado moreno, bajo y fornido, con un centímetro de frente que separa su única ceja gruesa y corrida del arranque del pelo negro, espeso, como cerdas.

—¿Dónde te metes, Juanillo? ¿Y esa mula?

—Nos la prestan del otro batallón para que le cure una matadura que tiene en la cruz. Se llama Valentina. —Mira a la mula y le dice—: Valentina, éste es el Chato, también de Andújar, como yo. Un poco borrico, pero no es mala persona.

El Chato se encoge de hombros.

—Bueno.

Esa noche, Castro rellena el parte de incidencias del tren regimental: «Acémilas, 25; Yeguas, 5. Incidencias: Ninguna.»

No ha contado a Valentina. Su plan es que pase desapercibida para llevársela a su casa cuando termine la guerra.

MANOLITO GAFOTAS - Elvira Lindo

No veas la bronca que me cayó; todavía me tiemblan las piernas. Y no sólo fue la bronca; mi madre me puso el castigo más terrible de la historia del rock and roll.

Cuando me estaba gritando todas las humillaciones a las que iba a ser sometido durante este fin de semana, le dije:

—Por favor, ¿podrías ir más despacio que lo voy a apuntar en un papel?

Y mi madre gritó más si cabe para decir:

—Encima con cachondeíto.

Ella es así, más chula que un ocho. Apunté mi castigo en un papel y mandé a mi abuelo Nicolás a hacer fotocopias para poner una copia en todos los lugares estratégicos de mi casa, esos lugares que yo visito con mucha frecuencia: el wáter, la nevera, la tele y el sofá. No me podía arriesgar a olvidarme; las represalias de mi madre pueden ser terribles; no la conoces bien.

Mi castigo consiste en:

1. No verás la televisión en todo el fin de semana. Y no preguntarás continuamente: «Entonces, ¿qué hago?»

2. No llamarás al imbécil El Imbécil (el Imbécil es mi hermano pequeño). Y no preguntarás continuamente: ¿Alguien me puede decir cómo se llama el Imbécil?

3. No saldrás con tus amigos al parque del Ahorcado.

4. No recibirás paga durante dos fines de semana.

5. Comerás verdura sin decir «Qué asco»

6. Ayudarás a poner y a quitar la mesa.

7. No le esconderás la dentadura al abuelo.

8. No le pedirás recompensa para encontrarle la dentadura.

9. Te lavarás los pies todas las noches.

10. No comerás bollicaos hasta nueva orden.

Cuando mi abuelo leyó estos mandamientos me dijo al oído, para que no lo oyera mi madre:

—Manolito, yo hubiera preferido ir a la cárcel.

A la cárcel… ¡Qué cerca he tenido la cárcel estos días! Esas cárceles que dice mi sita Asunción que debería haber para los niños como nosotros, unos niños que no tienen vergüenza...

MOBY DICK - Herman Melville

CXXXI.- El Pequod encuentra al Deleite

El afanoso Pequod siguió navegando; las olas y los días siguieron pasando agitados: el ataúd salvavidas siguió meciéndose levemente; y se avistó otro barco, míseramente mal llamado el Deleite. Al acercarse, todos los ojos se fijaron en las anchas vigas, lo que se llama la cabria, que en algunos barcos balleneros cruzan la cubierta a una altura de ocho o diez pies, sirviendo para sostener las lanchas de reserva, o sin aparejos, o inutilizadas.

En la cabria del recién llegado se observaban las destrozadas y blancas cuadernas y unas pocas tablas astilladas de lo que había sido antaño una lancha ballenera, pero ahora se veía a través de esa ruina tan claramente como se ve a través del pesado esqueleto de un caballo, blanqueado y medio desquiciado.

-¿Habéis visto a la ballena blanca?

-¡Mira! -replicó el capitán de hundidas mejillas desde el coronamiento de popa, y con el altavoz señaló la ruina.

-¿La has matado?

-Todavía no se ha forjado el arpón que lo consiga -contestó el otro, mirando tristemente una hamaca envuelta que había en cubierta, y cuyos lados reunidos algunos silenciosos marineros estaban ocupados en juntar cosiendo.

-¡Que no se ha forjado! -y apuntando desde la horquilla con el hierro de Perth, Ahab lo blandió y exclamó-: ¡Mira tú, nantuqués; aquí en esta mano tengo su muerte! Templado en sangre y templado por el rayo está este filo, y juro darle triple temple en ese sitio caliente detrás de la aleta, donde la ballena blanca nota más su maldita vida.

-Entonces Dios te guarde, viejo... ya ves esto -señalando a la hamaca-: sepulto a uno de cinco hombres robustos, que ayer mismo estaban vivos, pero antes de la noche habían muerto. Sólo sepulto a éste: los demás estaban sepultados antes de morir; navegas sobre su tumba. -Luego, volviéndose a sus marineros-: ¿Estáis dispuestos? Entonces, poned la tabla en el pasamanos, y levantad el cadáver; así, entonces... ¡Oh, Dios! -avanzando hacia la hamaca con las manos levantadas-: Que la resurrección y la vida...

-¡Bracead a proa! ¡Caña a barlovento! -gritó Ahab como el trueno a sus marineros.

Pero el Pequod, sobresaltado de repente, no fue lo bastante rápido como para escapar del ruido de la salpicadura que hizo el cadáver al caer en el agua; ni lo bastante rápido, en efecto, para que algunas de las burbujas volanderas dejaran de salpicar su casco con su espectral bautismo.

Al alejarse Ahab del abatido Deleite, se puso muy de manifiesto el extraño salvavidas que colgaba de la popa del Pequod.

-¡Eh, vosotros, mirad ahí, marineros! -gritó una voz augural en su estela-. ¡En vano, oh, desconocidos, huís de nuestra triste sepultura! ¡Nos volvéis la popa sólo para enseñarnos vuestro ataúd!

miércoles, 23 de abril de 2014

LA HISTORIA INTERMINABLE - Michael Ende

Cogió el libro y lo miró por todos lados. Las tapas eran de color cobre y brillaban al mover el libro. Al hojearlo por encima, vio que el texto estaba impreso en dos colores. No parecía tener ilustraciones, pero sí unas letras iniciales de capítulo grandes y hermosas. Mirando con más atención la portada, descubrió en ella dos serpientes, una clara y otra oscura, que se mordían mutuamente la cola formando un óvalo. Y en ese óvalo, en letras caprichosamente entrelazadas, estaba el título


LA HISTORIA INTERMINABLE

Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. Hay hombres que se juegan la vida para subir a una montaña. Nadie, ni siquiera ellos, puede explicar realmente por qué. Otros se arruinan para conquistar el corazón de una persona que no quiere saber nada de ellos. Otros se destruyen a sí mismos por no saber resistir los placeres de la mesa... o de la botella. Algunos pierden cuanto tienen para ganar en un juego de azar, o lo sacrifican todo a una idea fija que jamás podrá realizarse. Unos cuantos creen que sólo serán felices en algún lugar distinto, y recorren el mundo durante toda su vida. Y unos pocos no descansan hasta que consiguen ser poderosos. En resumen: hay tantas pasiones distintas como hombres distintos hay.

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros. Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado...

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito...

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido...

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces. Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!

PEDRO PÁRAMO - Juan Rulfo

Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno de sus pedazos. 

Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas: «Todos escogen el mismo camino. Todos se van». Después volvió al lugar donde había dejado sus pensamientos.

«Susana -dijo. Luego cerró los ojos-. Yo te pedí que regresaras...

»... Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan.»

Quiso levantar su mano para aclarar la imagen; pero sus piernas la retuvieron como si fuera de piedra. Quiso levantar la otra mano y fue cayendo despacio, de lado, hasta quedar apoyada en el suelo como una muleta deteniendo su hombro deshuesado.

«Ésta es mi muerte», dijo.

El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida.

«Con tal de que no sea una nueva noche» , pensaba él.

Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrarse con sus fantasmas. De eso tenía miedo.

«Sé que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas a pedirme la ayuda que le negué. Y yo no tendré manos para taparme los ojos y no verlo. Tendré que oírlo, hasta que su voz se apague con el día, hasta que se le muera su voz.»

Sintió que unas manos le tocaban los hombros y enderezó el cuerpo, endureciéndolo.

-Soy yo, don Pedro -dijo Damiana-. ¿No quiere que le traiga su almuerzo?

Pedro Páramo respondió:-Voy para allá. Ya voy.

Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.

VENTANAS DE MANHATTAN - Antonio Muñoz Molina

La radio desgrana en mi oído escenas de desgracia y terror, y nadie sabe calcular el número de muertos, pero en la terraza de un café hay quien desayuna apaciblemente, y el cielo hacia el sur sigue estando limpio. 

En la emisora se escuchan voces de testigos: una multitud llena el puente de Brooklyn abandonando Manhattan, y en la voz del que la cuenta esa huida tiene algo de gran peregrinación bíblica. De pronto me doy cuenta de lo lejos que estamos de nuestro país y nuestra casa, atrapados en una isla de la que no se sabe cuándo volverán a despegar aviones de pasajeros, una isla tan densamente habitada como un hormiguero o una colmena y no menos  vulnerable, unida al mundo exterior por unos pocos puentes y túneles que en cualquier momento otro ataque podría destruir, que se volverán trampas mortales si multitudes despavoridas quieren escapar por ellos. 

Lo que damos más por supuesto, el agua corriente, el suministro eléctrico, es tan frágil como la estructura de esas torres de acero que parecían indestructibles, y si el agua y la electricidad faltan por un nuevo sabotaje la vida entera de cada uno de nosotros se desmoronará en penuria, terror y confusión.

Acaban de decir que uno de los aviones fue secuestrado en el aeropuerto de Newark, al otro lado del río Hudson. Pero las tiendas siguen abiertas, y cuando se extingue el sonido de la última sirena que acaba de pasar resalta con más claridad el silencio de la gente en la calle. En la esquina, el hombre negro y enorme que pide una ayuda para los homeless y recita bendiciones cada vez que alguien le deja una moneda se ha quedado callado y mira con extrañeza al gentío que pasa ante él, hombres que se han aflojado las corbatas y llevan ahora las chaquetas al hombro, mujeres con tacones y carteras de mano que hablan por teléfonos móviles. 

Las sirenas se escuchan muy lejos ahora. Camino aturdido y extranjero entre la gente y no sé cuál es la realidad, si lo que escucho en la radio que llevo pegada al oído o lo que estoy viendo con mis ojos en la mañana soleada y caliente de Nueva York.

SAMARCANDA - Amin Maalouf

      En el fondo del Atlántico hay un libro. Yo voy a contar su historia. Quizá conozcan su desenlace, ya que sus tiempos los periódicos lo refirieron y luego algunas obras lo citaron: cuando el Titanic naufragó durante la noche del 14 al 15 de abril de 1912, mar adentro a la altura de Terranova, la más prestigiosa de víctimas fue un libro, un ejemplar único de los Ruba'iyyat de Omar Jayyám, sabio persa, poeta, astrónomo.

     De este naufragio hablaré poco. Unos valoraron en dólares la desgracia y otros enumeraron debidamente los cadáveres y las últimas palabras. Seis años después, sólo me obsesiona aun ese ser de carne y tinta del que fui, por un momento, el indigno depositario.

    ¿No fui yo, Benjamin O. Lesage, quien se lo arrancó a su Asia natal? ¿No fue en mi equipaje donde se embarcó en el Titanic? ¿Y quién interrumpió su milenario recorrido sino la arrogancia de mi siglo?

   Desde entonces el mundo se ha cubierto cada día más de sangre y de tinieblas, y a mí la vida no me ha vuelto a sonreír. He tenido que separarme de los hombres para escuchar únicamente las voces del recuerdo y acariciar una ingenua esperanza, una insistente visión: mañana lo encontrarán. 

   Protegido por su cofre de oro, emergerá intacto de las oscurassombras marinas, enriquecido su destino con una nueva odisea. Unos dedos podrán acariciarlo, abrirlo, hundirse en él; unos ojos cautivos seguirán de margen en margen la crónica de su aventura, descubrirán al poeta, sus primeros versos, sus primeros, embelesos, sus primeros temores. Y la secta de los Asesinos. Luego, se detendrán incrédulos ante la pintura del color de la arena y la esmeralda. No tiene fecha ni firma, sólo estas palabras, fervientes o desengañadas: 

Samarcanda, el más bello rostro que la Tierra haya vuelto jamás hacía el sol.


 Dime ¿qué hombre no ha transgredido jamás tu Ley?
 Dime ¿qué placer tiene una vida sin pecado?
 Si castigas con el mal el mal que te he hecho,
 Dime ¿cuál es la diferencia entre Tú y yo?

 Omar Jayyám